¿Necesidades Reales o Artificiales?

Inmerso en un mundo de miles de productos, el consumidor tiene que escoger entre los que son necesidades reales y los que son simplemente necesidades artificiales. Por ejemplo, a menudo los anuncios de los cigarrillos invitan al joven a fumar para adquirir distinción y popularidad. Es obvio que no se hace énfasis en la advertencia de que el fumar es dañino para la salud. A la vez, hay publicidad que trata de convencer al cliente de que tal marca de leche es superior a todas las demás marcas. Y al mismo tiempo otra compañía trata de convencernos de que sus licores son el ingrediente necesario para conseguir fama y prestigio entre sus amigos.

El cuadro a la verdad se torna confuso por la incesante propaganda que enfatiza la necesidad de tener, adquirir y soñar con una existencia rodeada de bienes. A veces nos cuesta saber lo que realmente necesitamos y rechazar la tentación de “necesitar” lo que todo el mundo nos quiere vender. Es importante tener un concepto claro de quiénes somos y qué necesita nuestra vida para existir. Cuando tenemos la escala de valores adecuada para guiar nuestra vida, y la fuerza interior para rehusar ser engañados y pensar que el valor de la persona se mide con lo que tiene y es capaz de adquirir, podremos ser más felices.

Pero, si nos hemos acostumbrado a depender de las cosas que nos rodean, sucumbimos a que merme nuestro prestigio y el respeto por parte de los demás por no tener lo que el comercio nos ofrece. Y lo peor del caso es que nunca tendremos lo suficiente, obsesionados por el “quiero más” de nuestra naturaleza. Y como siempre queremos más, nos pone mal el no tener “con qué”.

Pareciera que ya no vivimos para nosotros sino para las cosas materiales.

Es fácil que nuestra atención quede atrapada por aquellas cosas que creemos indispensables para nuestra felicidad. El deseo incontrolado de las cosas materiales conlleva a un enfermizo énfasis en lo “mío” y poco a poco excluye un verdadero interés por los demás. Amar a nuestros bienes más que a las personas nos puede volver recelosos en nuestras relaciones con otros, ya que no existe la posibilidad de manejarlos como podemos hacerlo con nuestros bienes. Por eso el egoísmo induce a que una persona se aleje y se aparte del trato y comunicación con otras personas.

Como todos debemos reconocer tarde o temprano, nuestra mayor debilidad como seres humanos es pensar en nosotros mismos; y el dinero se convierte en el vehículo perfecto para avivar nuestros deseos de ser alguien en la vida a expensas de otros. Nos dejamos manipular por el dinero, las riquezas y nuestros bienes materiales, cayendo en la trampa de llegar a ser siervos de algo sobre lo cual debiéramos ser amos. Como dijo un escritor francés:

“El dinero puede ser un buen siervo, pero casi siempre es como un amo déspota.”

Dominique Bouhours, 1628-1702

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