…causas emocionales

 

LA AFLICCIÓN

El siguiente ejemplo puede ayudarnos a comprender como la aflicción puede llevar a la depresión. Juana, la esposa de Oscar, había muerto repentinamente. Luisito, su hijo, extrañaba mucho a su mamá, pero Oscar no le permitía hablar de ella.

Cada vez que el niño trataba de recordar en alguna forma cómo Juana los había amado y cómo había cuidado de ellos, Oscar lo interrumpía diciendo: “Otro día hablaremos de eso, hijo”. Seis meses después de la muerte de Juana, ambos estaban seriamente deprimidos, porque no habían sabido hacerle frente al dolor y a las fuertes emociones que embargaban sus corazones.

La pérdida de un ser querido, ya sea por muerte, divorcio o una larga ausencia, es una de las principales causas de la depresión. Es normal atravesar por unos tres meses de aflicción. Alrededor del 75 % de las personas aprenden a cerrar la herida de una pérdida y seguir viviendo. Si no fuera así, el mundo estaría lleno de gente totalmente abatida. Sin embargo, en un 25 % de los casos, las personas afligidas no cierran sus heridas y entonces desarrollan una profunda depresión.

Este derrumbe emocional es causado generalmente por negarse a aceptar las emociones relacionadas con tan doloroso suceso. Algunas personas, especialmente los hombres, piensan que expresar su tristeza y derramar lágrimas son signos de debilidad. Este era el problema de Oscar. Como nunca hizo frente a sus sentimientos, permaneció dominado por ellos. Y lo mismo le sucedió a Luisito, porque su papá no le permitió llorar la muerte de su madre.

A veces las personas temen descubrir cierto resentimiento en su corazón hacia la persona que murió. ¿Por qué ese resentimiento? Porque sienten que quien murió, los abandonó. Ellos se dan cuenta de que esta actitud es ilógica, saben que el difunto no se fue porque quiso, pero de cualquier manera, el resentimiento está ahí, en su corazón. Como no saben qué hacer con él, lo ocultan y esperan que desaparezca. Pero no se irá sino hasta que se den cuenta de que su reacción es algo común y que sus sentimientos de abandono no son una negación del amor que sienten por la   persona que murió o se fue.

Algunas personas, presa de la aflicción, luchan contra el sentimiento de culpa. Se imaginan que, de una u otra forma, son culpables de la muerte de ese ser querido, o se acusan a sí mismos por no haber expresado su amor con claridad cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo. Por ejemplo, una madre puede acusarse constantemente, diciendo ¿Por qué tuve que gritarle a Mónica la noche antes de que se ahogara?” Generalmente, una persona como ésta sentirá alivio con sólo hablar de sus sentimientos con alguien que la quiera escuchar.

Una de las penosas tareas que tienen que realizarse después de la muerte de un ser querido es guardar su ropa y objetos personales. Cada objeto reaviva dolorosos recuerdos. Hay quienes prefieren posponer esta tarea por semanas y hasta por meses, pero por más dolorosa que sea, es algo que tiene que hacerse. Seria bueno que un amigo intimo se ofreciera a ayudarles en este trabajo, ayudándoles al mismo tiempo a admitir la realidad de la pérdida del ser querido.

La necesidad humana de afrontar nuestros sentimientos de dolor la ilustra con mucha fuerza el ejemplo de Jesucristo, cuando sufrió la pérdida de su buen amigo Lázaro. La reacción de Jesucristo está expresada en pocas palabras: “Jesús     lloró”.

Piense en eso: ¡Jesús lloró! Si el Hijo de Dios pensó que estaba bien llorar, ¿por qué tenemos nosotros que huir de nuestras emociones? Si se siente deprimido por la pérdida de un ser querido, siga el ejemplo de Jesús. Deje que fluyan sus lágrimas, exprese sus sentimientos a un amigo y desahóguese también con Dios a través de la oración.

La Biblia nos asegura que: “Jesucristo puede compadecerse de nuestra debilidad, porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros.” (Hebreos 4: 15)

La compasión de Jesús por los afligidos va aún más lejos. Cuando Jesús visitó a las hermanas del fallecido Lázaro, les dijo: “Su hermano volverá a vivir. Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá.”             (Juan 11:23-25)

Acto seguido, Jesús procedió a probar la veracidad de sus palabras devolviendo a Lázaro a la vida, ¡a pesar de haber estado muerto durante cuatro días!

La pérdida de un ser querido con frecuencia nos sume en la depresión. La cura consiste en hacer frente a la realidad y aprender que aunque haya terminado un capitulo en la vida, ya está comenzando uno nuevo. Pero Jesucristo nos confirma una realidad aún más importante respecto a la muerte. ¡Él la ha vencido! Él ha destruido el poder y terror de la muerte al morir por nosotros en la cruz y resucitar de entre los muertos. Él está vivo hoy y nos ofrece vida eterna. Para hacer nuestra esta realidad, es preciso que reconozcamos que es Jesucristo quien nos ha ganado el perdón de toda nuestra maldad, egoísmo, orgullo y rebeldía contra Dios nuestro Creador. Y es en él que encontramos nuevas fuerzas para enfrentar la vida con propósito y entusiasmo.

Esto fue lo que en su momento sacó a Oscar y a Luis de su depresión. Un buen amigo compartió con ellos las Buenas Nuevas de Jesucristo, el Señor de la resurrección y la vida. Con su fe puesta en Cristo, Oscar y Luis pudieron hacer frente nuevamente a la realidad de su vida. Se dieron cuenta de que los dolorosos eventos en nuestra existencia son sólo un pequeño capitulo al que le seguirá un capitulo eterno cuando el Padre celestial nos  llame a su lado.

Jesucristo nos invita a confiar en su victoria sobre la muerte. Cuando colocamos nuestra fe en él, aunque derramemos lágrimas por el dolor de la separación temporal por la muerte de un ser querido, viviremos con la seguridad de reunirnos nueva y eternamente con estos seres, si es que ellos también confiaron en Jesucristo. Por esta razón la Biblia dice: “De esta manera (Cristo) ha dado libertad a todos los que por miedo a la muerte viven como esclavos durante toda la vida”. (Hebreos 2:15)

LA BAJA AUTOESTIMA

A todos les era difícil llevarse bien con Eduardo porque era un “sabelotodo” que todo lo criticaba. No importaba de qué se tratara, Eduardo tenía una opinión al respecto, y siempre estaba dispuesto a defender a muerte su punto de vista. Nadie estaba más cansado del temperamento de Eduardo que su cuñado Francisco. Pero sucedió que los dos tuvieron que hacer juntos un largo viaje en ómnibus, y a Francisco le aterraba la idea de estar atrapado junto al locuaz Eduardo durante  interminables horas.

Sin embargo, en el transcurso del viaje sucedió algo que cambió totalmente a Eduardo. Como Francisco no tenía otra cosa que hacer, decidió escuchar lo que Eduardo le quería decir y se sorprendió al descubrir que, en realidad, estaba informado sobre muchos temas. “Ni siquiera terminaste la secundaria”, comentó Francisco. “¿Dónde aprendiste todo esto?”

“Lo aprendí por mí mismo, leyendo y hablando con expertos”, replicó Eduardo. “¿Realmente crees que sé de lo que estoy hablando?”

“En verdad, todo lo que me dijiste me pareció muy importante” fue la respuesta elogiosa de Francisco.

Al final del viaje, Eduardo ya no era ese hombre temperamental y critico que había sido antes.

Francisco le preguntó: “¿Por qué siempre discutís con la gente?”

“Bueno… creo que porque mi padre siempre me criticaba y me llamaba idiota. Cuando llegué a grande, me puse a discutir no porque me creyera muy listo, sino porque deseaba que los demás no me tuvieran por ignorante.”

“Ahora entiendo”, concluyó Francisco, “recién ahora, alguien te animó y te ayudó a superar tu baja autoestima. Siento mucho que todos te hayamos juzgado mal durante tanto tiempo, Eduardo”.

El escuchar respetuosamente a una persona y permitirle expresar sus ideas, puede lograr que se sienta importante, y se valorice a sí misma. Cuando tenemos un concepto negativo acerca de nosotros mismos, nos volvemos susceptibles a la critica de otros y a la depresión. Eduardo había vivido bajo una nube de depresión durante años, debido al cruel autoritarismo de su padre.

Además de una critica injusta, la carencia de respeto por uno mismo puede deberse a varias otras razones. A la persona que se cree fea, puede que le falte confianza en sí misma. La persona que siempre se compara con otras, con frecuencia se siente frustrada, pues solamente ve lo bueno de los demás, pasando por alto sus debilidades. Mientras estemos tan ocupados tratando de parecernos a fulano o mengano, nunca estaremos satisfechos con nosotros mismos. Otros tienen una pobre imagen de sí mismos porque no lograron alcanzar las metas que se fijaron. La solución a este problema es a menudo hablar del asunto con un amigo y trazarse metas más realistas.

Hay quienes pierden su propia estima cuando no pueden vivir de acuerdo con sus normas del bien y del mal. Se desalientan cuando ven la gran diferencia que existe entre lo que ellos deberían ser y lo que son, y comienzan a dudar seriamente de sí mismo,. Este desaliento puede ser causa de la depresión. Algunos psicólogos tratan de explicar este sentimiento culpando a la religión, sin embargo no logran encontrar el remedio. Se les dice a los pacientes: “Todo lo que tiene que hacer es olvidarse de sus normas del bien y mal, y desaparecerán las acusaciones y el sentimiento de culpa”.

¿Qué tiene de malo este consejo? Sencillamente que ignora el hecho de que la gente generalmente se siente culpable porque es culpable. Las personas se sienten angustiadas y deprimidas porque han hecho algo que lastimó a otros, y dudan que se lo perdonarán. Y la culpa no desaparece con sólo ignorarla, ni tampoco se desvanece al encerrarnos en nosotros mismos tratando de olvidarnos de todo el mal que hemos hecho. Solamente puede ser borrada por el perdón, y el único que puede obtener para nosotros el verdadero perdón es Jesucristo. Él sufrió en la cruz del Calvario, no por sus propios pecados, sino por los nuestros. La Biblia dice: “(Cristo) fue traspasado a causa de nuestra rebeldía, fue atormentado a causa de nuestras maldades, el castigo que sufrió nos trajo la paz, por sus heridas alcanzamos la salud.” (Isaías 53:5)

“Dios nos ofrece una nueva vida por medio de Jesucristo. Él canceló la deuda que había contra nosotros, clavándola en la cruz.” (Colosenses 2:14)

La persona que confía humildemente en el perdón que Cristo ha ganado, de veras es libre de culpa. ¡Cristo renueva nuestro estado de ánimo y nos ayuda a seguir viviendo seguros de su amor y de ser perdonados! La persona que ha caído en la depresión debido a su poca autoestima y su sentimiento de culpa, puede vivir con la certeza de que Dios perdona y tiene en alta estima a todos nosotros cuando confiamos en él.

“Muy bien”, dirá alguno, “tal vez Dios de los hombres me perdona, pero ¿ cómo puedo perdonarme yo mismo?”.

En muchas oportunidades sucede que se dañan nuestros receptores de la bondad de Dios. ¿Cómo es esto? Es cómo un televisor que no puede emitir bien la imagen, a pesar de estar recibiendo bien la señal. Quizás durante nuestra vida tuvimos una mala experiencia con el perdón. Tal vez nunca pedimos perdón a los demás, nunca supimos perdonar, o cuando pedimos perdón a alguien no nos perdonó. Esto nos lleva a creer que el perdón no existe. Y a veces, por lógica, pensamos que también Dios es así, que su perdón es cómo el  perdón de los hombres.

Sin embargo, podemos confiar en que el perdón de Dios es auténtico, porque Dios es amor. Y a pesar de lo que sucedió en nuestra vida, Él puede hacer de nosotros una nueva persona. Dios puede hacer que recibamos el perdón por nuestras culpas, sólo necesitamos conocerlo con profundidad y confiar en él.

LA IRA

En la mayoría de las personas que sufren de depresión hay una elevada proporción de cólera; pero como ésta viene oculta bajo un disfraz de otros síntomas, es muy difícil darse cuenta de ello.

Por ejemplo: una mujer llamada Susana pasó varias Navidades profundamente deprimida. Su vida matrimonial era armoniosa y tenía buenos hijos. Disfrutaban estando juntos, pero Susana no podía evitar arruinarles cada Navidad con un ataque de depresión.

Analizando detenidamente el tema con su esposo, descubrió en parte la causa de aquella depresión. Cuando era niña, siempre había anhelado pasar una Navidad feliz, pero nunca lo había conseguido, porque su madre era alcohólica. Recordó cómo se sentía en esos amargos momentos: “Odio a mi madre. Si ella quisiera, podría hacer que esta Navidad fuera linda para nosotros, pero prefiere emborracharse”.

El recuerdo de tan triste pasado la había llenado de odio hacia su madre, convirtiendo la Navidad en un evento totalmente deprimente. Ahora que Susana era una persona adulta y tenía su propia familia, esos mismos sentimientos de resentimiento reaparecían cada Diciembre.

Después de llegar a esta conclusión, Susana tuvo que tomar serias medidas con su rencor. Necesitaba ayuda profesional para reconciliarse con su madre y perdonarse a sí misma por haber guardado tanto rencor durante todos esos años. Cuando por fin se logró la paz entre madre e hija, Susana y su familia pudieron disfrutar de una Navidad libre de depresión.

La ira es con frecuencia la “masa sumergida” del témpano de la depresión. Puede ser difícil admitir que bajo la depresión se esconde esa cólera, pero hacerlo hará posible la cura.

Para nuestro bienestar emocional, Dios nos advierte en las Sagradas Escrituras: “Si se enojan, no pequen, y procuren que el enojo no les dure todo el día… Echen fuera la amargura… Sean buenos y compasivos unos con otros, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.” (Efesios 4:26, 31 y 32)

Si se da cuenta de que la causa de su depresión es el resentimiento, ponga esa pesada carga ante Dios, confiando en la obra salvadora de Jesucristo. No necesita seguir sufriendo las consecuencias del pasado, es hora de librarse de su dolorosa culpa y destructiva ira. Confíe firmemente en que Dios te perdona y te da su paz.

Recuerde: Dios nunca guarda rencor, como lo hacemos nosotros. Aunque hayamos hecho algo malo, Dios nos perdonará tan pronto como volvamos nuestra atención hacia él, en humilde arrepentimiento y confianza en Jesucristo como Salvador.

EL NEGATIVISMO

A veces caemos en el hábito del negativismo. Permitimos que nuestra mente se llene de toda clase de amargura y compasión hacia nosotros mismos; hasta imaginamos pleitos y problemas con otras personas. Y aunque estas peleas son puramente imaginarias, nos sumergen en un fastidioso estado de cólera. De estas y otras formas enturbiamos nuestra visión de la vida, hasta llegar al punto en que todo lo que vemos nos parece negativo.

Para ejemplificar lo dicho sobre el negativismo, nos valemos del siguiente experimento: En los Estados Unidos se realizó una investigación para ver hasta qué punto la depresión se debe al negativismo. Para el experimento se preparó un artefacto especial parecido a un binocular. En uno de los lentes del aparato se colocó una escena de un cumpleaños y por el otro lente se colocó la escena de un funeral. Se pidió primero a un grupo de personas que sufría de depresión que observaran el binocular por los dos lentes a la vez. Luego se le pidió lo mismo a un grupo de personas que no sufrían de depresión. Sorprendentemente, las personas “deprimidas” sólo vieron el funeral, y quienes “no estaban deprimidas” vieron el cumpleaños.

¿Cómo podemos evitar este mal hábito? Piense en cómo funciona un filtro de agua. Con el fin de purificar el agua, se hace pasar la misma a través de un material poroso de cualidades purificantes. Al capturar el filtro las impurezas dañinas, se evitan las enfermedades causadas por gérmenes, bacterias y posibles parásitos.

Lo mismo sucede con nuestros pensamientos. Si permitimos que las ideas enfermizas pasen a nuestra mente y la dominen, nosotros mismos nos estaremos exponiendo a la enfermedad mental.

Pero… ¿existe un filtro para los pensamientos? ¡Sí! El apóstol San Pablo dice:

“Hermanos, piensen en todo lo verdadero, en todo lo que es digno de respeto, en todo lo recto, en todo lo puro, en todo lo agradable, en todo lo que tiene buena fama. Piensen en todo lo que es bueno y merece alabanza.” (Filipenses 4:8)

Cuando hacemos que nuestra mente sólo piense en las cosas que han pasado a través del filtro, con toda certeza evitaremos la ira, el resentimiento, el odio y todas las actitudes que llevan hacia el negativismo y la depresión.

LA FALTA DE PROPOSITO

En el siglo IV antes de Cristo, el conquistador Alejandro Magno se convirtió en el único gobernante del mundo occidental. Pero como ahí ya no había más tierras que conquistar, se sumió en una severa depresión.

Durante su época de depresión se volcó al alcohol, y según cuentan los historiadores, lo que hizo fue simplemente matarse bebiendo. Aunque lo llamaron “el Grande”, Alejandro, luego de sus conquistas y sin metas que alcanzar, se convirtió en un fracaso.

Con respecto a la falta de propósito, existen casos de mujeres que, después del parto, experimentaron un ataque de depresión. Durante nueve meses se dedicaron a alcanzar una meta y, una vez alcanzada, se sienten a la deriva, sin ninguna aspiración o propósito.

En algunos momentos podemos sentirnos deprimidos, como el ejemplo de Alejandro Magno o como en el caso de muchas mujeres después del parto.

Sin metas claras en mente, nuestra vida parece no tener una finalidad y podemos caer en la depresión. De hecho, un psicoanalista llamado Victor Frankl sostiene que la necesidad de encontrar un significado a la existencia es un impulso humano básico.

Victor Frankl formuló su teoría del impulso humano en busca de significado durante los años que pasó en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Observó que algunas personas respondían al horror de la muerte suicidándose o aislándose, como en una burbuja de depresión. Mientras tanto, otros pacientes soportaban resignadamente el sufrimiento, encontrando así, la voluntad para vivir.

Frankl concluye que la gente podría resistir cualquier dificultad con sólo comprender el por qué de su existencia. Él sobrevivió a los campos de concentración porque tenía como meta escribir un libro sobre sus descubrimientos cuando terminara la guerra.

En los años posteriores a su liberación, Frankl se esforzó en ayudar a sus pacientes llevándolos a descubrir el significado de su existencia. Por ejemplo, él aconseja a una madre con depresión post-parto que se fije como meta criar a su nuevo hijo con amor y devoción.

La teoría de Frankl es acertada al señalar que la vida es más llevadera y agradable cuando comprendemos por qué y para qué vivimos. Sin embargo, su teoría resulta incompleta si sólo se fijan metas a corto plazo o metas que no respondan a las cuestiones fundamentales de nuestra existencia, como por ejemplo: ¿Por qué existimos? O ¿Con qué fin hemos sido puestos sobre esta tierra?

Si ocupamos nuestros días en el cumplimiento de metas menores, y no buscamos respuesta a los dilemas existenciales, estaremos siempre expuestos a la depresión causada por la falta de propósito.

Dios, a quien le duele vernos dando tumbos por la vida, nos da en las Sagradas Escrituras respuestas a nuestros dilemas existenciales, para que sepamos de dónde venimos y hacia dónde vamos.

¿De dónde venimos? Fuimos creados por el Padre celestial para vivir en estrecha unión con él, pero debido a nuestra rebeldía y pecado, hemos roto esa relación con Dios. (Génesis 1 y 2)

¿Hacia dónde vamos? Todos tenemos un destino eterno. Si nos reconciliamos con Dios por medio de la fe en Cristo, nuestro destino es el de amar a los demás aquí en la tierra y pasar a vivir en eterna felicidad con Dios cuando muramos. Si rechazamos lo que Cristo ha hecho para perdonarnos y reconciliarnos con Dios, entonces sólo nos espera la separación eterna de Dios.

Es por eso que San Pablo escribe: “Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para él, que murió y resucitó por ellos.” (2 Corintios 5: 15)

EL DESAMPARO

Cierta vez, varios científicos realizaron un interesante experimento. Construyeron un cuarto que estaba dividido en dos partes por una barrera lo suficientemente baja como para que pudiera saltar un perro sobre ella. En un lado del cuarto, el piso tenía una rejilla de metal, a través de la cual se podía aplicar una corriente  eléctrica.

Cuando se accionaba la corriente, por supuesto, los perros saltaban hacia la seguridad del otro lado de la barrera donde no corrían el peligro de “recibir una descarga eléctrica”.

Como parte del experimento, los científicos ataron los pies de algunos de los perros para que no pudieran huir de las descargas. Estos animales se pusieron nerviosos y se enfermaron. Es más, cuando fueron desatados después de algún tiempo en que habían estado sufriendo sin poder escaparse, no hicieron ningún intento de   saltar sobre el muro con el fin de evitar la corriente eléctrica. Estos perros habían aprendido que era inútil tratar de escapar de tan desagradables y dolorosas experiencias.

En la última etapa del experimento, los científicos levantaron a estos mismos perros enfermizos sobre la barrera una y otra vez hasta que, como al principio, volvieron a saltar hacia el lado seguro.

Hay psicólogos que creen que algo similar ocurre cuando las personas están frente a problemas sumamente difíciles. Habiendo probado varias soluciones, pierden toda esperanza de poder superar las contrariedades que los aquejan.

Por ejemplo, las frustraciones de la pobreza y la improbabilidad de poder salir de su baja clase social pueden llevar a la gente a caer en un estado de depresión. Pensemos en el hombre que ha estado buscando trabajo durante dos años, la mujer cuyo niño murió porque no tuvo dinero para una operación, o el joven que ansía ir a la universidad pero debe trabajar para mantener a su familia. Las personas expuestas a tales circunstancias están propensas a caer en un estado de depresión.

En algunos casos, tienden a reaccionar con medidas desesperadas. Tal el caso de Orlando, quien se unió a uno de los grupos terroristas más temidos en América Latina. Para él una revolución violenta era la única solución que veía para cambiar el mundo en que vivía. Unos años después fue capturado y encarcelado por sus actividades terroristas. Estando en prisión cayó en sus manos una Biblia, y como no tenía otra cosa que hacer comenzó a leerla, aunque de mala gana. Pero su desgano pronto se convirtió en asombro e interés, y luego en total atención.

A través de las páginas de la Biblia, Orlando se enteró de una clase diferente de revolución, aquella que se produce cuando el corazón de una persona se vuelve de la codicia y el egoísmo a la humildad y el arrepentimiento. Supo de la revolución que ocurrió cuando Cristo nos liberó de la opresión de Satanás y de la muerte mediante la batalla que se libró en la cruz del Calvario. Allí Jesucristo mostró su amor por nosotros. Allí sufrió el terrible castigo que merecíamos por nuestros pecados.

¿Para qué lo hizo? Para que nos volviéramos a él en fe y pudiéramos disfrutar la alegría de una nueva vida basada en el perdón de Dios; y para que amemos, así como lo hizo Él.

En la actualidad, Orlando es cristiano y todavía está dedicado a la revolución, pero es una revolución de esfuerzo por la justicia social mediante una confrontación legal, sin uso de la violencia.

En ocasiones, las personas que se sienten desamparadas buscan poder y soluciones a la vida a través de prácticas ocultistas. Un caso de esos es el de Roberta, una mujer que provenía de una familia cargada de odio. Ella dice: “Noté que todos los que habíamos incursionado en el ocultismo, lo hicimos porque nos sentíamos profundamente insatisfechos con la vida. Siempre había algo importante que nos faltaba en nuestro hogar. Sin embargo, durante mi época de espiritista, mi depresión se hizo casi insoportable. Mi convulsionado mundo no estaba cambiando. En mi hogar seguía reinando un clima de enemistad y odio; hasta llegué al extremo de intentar suicidarme.”

Fue entonces, cuando con la ayuda de una persona cristiana, Roberta llegó a conocer a Jesucristo. “Él me sacó de la oscuridad “, afirmó. “Las Sagradas Escrituras, para gran sorpresa mía, tenían todas las respuestas a mis problemas. Y al confiar en Jesucristo, las cosas realmente comenzaron a cambiar. Mi odio se desvaneció, y un inexplicable amor comenzó a crecer en mí hacia la gente que antes odiaba. Cuando comprendí que Dios me amaba y dejé de compadecerme de mi misma, tuve la oportunidad de llegar a la gente y ayudarla

Roberta se había sentido desamparada. Ella había creído que nada cambiaría, que nada podría mejorar. Pero cuando se convirtió en seguidora de Cristo, descubrió que Dios, por su Espíritu Santo, le dio poder. Primero para cambiar sus sentimientos y actitudes, y luego para lidiar con sus desgastadas relaciones familiares.

Dios promete propósito y compañerismo a todos aquellos que se sienten deprimidos debido a sentimientos de desamparo e inutilidad. Él nos dice en la Biblia: “Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza… Nunca, los dejaré ni los abandonaré.” (Jeremías 29:11 y Hebreos 13:5)

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